“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el Hielo... ”
«El olor de los acantilados perfuma las arrugas del corazón en aquellos náufragos marcados a fuego por su diáspora evasiva hacia el tumultuoso laberinto de las sombras del ávido marfil» No debería revelarlo pero, no pocas veces, arrastrado por un malsano entusiasmo carbonario que, cada vez me posee de forma más frecuente; olvido donde estoy, a quien pertenezco, y por momentos, me entrego en cuerpo y alma, a la tarea de imaginar que suceden cosas extraordinarias alrededor de la vida de aquellos seres próximos, que conjurados por mi cercanía y pasándolos por el tamiz diacrónico de trasiegos mas bien fingidos se ven involucrados en hechos tan singulares que acaban siendo devorados por fabulaciones sin sentido, entretejiendo iluminadas ceremonias sin ausencia de límites, lo que, naturalmente, desordena sus (mis) emociones; a la vez que zarandea sus trances cotidianos quedando sus anhelos a merced de abismos conocidos, excepto cuando enredando, enredando... más allá, donde empieza la interpretación compasiva, rebuscando en insospechados rincones de su personalidad emergen súbitamente ficciones, que no parecen tales, y justo ahí comienza un fascinante carrusel donde la mistificación debe ser total, la discontinuidad, el argumento y el engaño continuos; trazando esbozos apócrifos, falsificaciones repletas de equívocos, la mentira como conocimiento, galerías de espejos que obligan a manifestarse en la corteza del azar, convirtiendo en una incansable cadena de citas el intransitivo valor de las tribulaciones y la vibración de esa atmósfera que infunde condición al sortilegio y otorga nuevas ilusiones a la búsqueda de aquellos destellos de veracidad simulada, la naturalidad desenfocada en la vida de Nadie, deslizándolo todo hacia ese fragmentario mundo de simbología personal donde un descubrimiento, no es más que un experimento oculto y en el que sus incógnitas claman ante nuestros ojos tramando ejercicios de moralismo sin explicación posible; son esos momentos, motivo de replantearse hasta que punto ciertas aficiones privadas, distraen extraordinariamente o emocionan sospechosamente, amén de alimentar cierto punto de coexistencia con el personaje deconstruido y recreado a golpe de perjuicios lacanianos y es entonces cuando aparecen los delirios volcánicos en el sentido que te ofrecen perspectivas imposibles de sus evidencias estrellándose contra el abrumador y sombrío valor de la reflexión.
Minutos Musicales Groovin' Decía, no hace mucho, Wagensberg “Existir no es demasiado probable” o también “hay muchas más maneras de no ser que de ser” Ojalá fuéramos capaces de transformar estos aforismos propios de activistas de la ciencia, rompiendo el vidrio en mil pedazos, desencadenando el efecto provocador de la emoción híperliterata, o lo que es lo mismo, nutrirse amando a Kipling, y la tipografía del siglo XVIII, a Chesterton, y los mapas de la ironía, a Melville, y los relojes de arena, a De Quincey, y los latidos del entusiasmo, a Hawthorne, y al arco del Zaguán, a Stevenson, y el sabor de la prosa decisiva... pues sabido es que todo paseo por la playa debe acabar en las rocas.