“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el Hielo... ”
El Almanaque de la Memoria (Mother) Si pudieran hablar las difusas huellas de la trascendencia, podrían descubrirse viñetas repletas de infantiles y emocionantes miradas hacia la justificación incapaz de cualquier travesura y aunque, seguramente, aquella inconsciencia era tan arbitraria como las raíces del ego clamando contra nuestra iniciática quimera, era reconfortante escucharte, oír como tu voz crecía entre nuestros acelerados latidos del corazón indicando que aquello que nos produjo temor se iba desmoronando a medida que te ibas acercando, actuabas como una suerte de espíritu que disuelve, a su paso, los baldíos vericuetos de aquellos alardes. Ahora cuando la memoria ha sido esclavizada por unos recuerdos plagados de sombras, convirtiendo en puro enigma el conmovedor olvido de los Dioses e iniciando el camino de ida hacia los erráticos y silenciosos mundos de quien sabe qué laberintos, allá donde la angustia de los demás se convierte en una irracional moneda de cambio. Intento observarte, en vano, con esa mancha imborrable que da la imperceptible distancia entre la compasión y la piedad. Y puedo contemplar como, sin moverte, eres capaz de adentrarte en el frondoso bosque del desconcierto, ese del que jamás se vuelve, con tu tímida sonrisa redentora para indicarme, aunque se hayan apagado las velas de la realidad en tu dispersa cabeza que nada ni nadie te hará, nunca, el daño suficiente para que la maldad se adueñe de tu frágil cuerpo.
A menudo soñaba que tomaba carrerilla para abrazarla pero a mitad del camino me despertaba... Mi madre era una mujer hermosa de la que heredé sus ojos y un cartílago de tiburón en el alma, sospecho que nunca me entendió quizás porque su ideal en la vida era la abnegación como simplificación espiritual para aprender a navegar por las procelosas aguas de una vida preventiva y la mía fabular en los invernales columpios minerales; le angustiaba mi aspiración de conocer el mundo desde el vagón donde se atiza la hoguera de las tentaciones; todo esto debió pasarle factura en las madrugadas que pasó en vela, suspirando para que se me acabase el afán de batirme en duelo con las chinescas sombras de la rutina a base de imaginar que vivir era hacer gárgaras con aquello de "todo está bien Mami, solo estoy sangrando" No consiguió su objetivo y quizás llegó a comprender que a mí lo único que me interesaba era no desorientarme con los Tambores De un Solo Sentido para seguir el rumbo hacia los desvanes de afirmación de mi Identidad, pero estoy seguro que acabó riendose de sus intenciones.