“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el Hielo... ”
«Intentemos imaginar unos USA sin control en medio de un caos financiero interminable, con 30000 cabezas nucleares silentes en alguna parte, un fanatismo religioso considerable en una población adulta asombrosamente inculta...» No, este párrafo no procede del guión de Mad Max. Esta era la última argumentación de un prestigioso Apóstol económico en la prensa liberal, no hace mucho, para justificar lo injustificable; mientras nos esforzamos, por entender realmente, qué diablos está pasando, sus voceros tratan de que todo parezca más amenazante y a punto de derrumbarse. Enrollo pausadamente mi viejo cartel sesentaochista “Prohibido Prohibir” y observo, abstraído, el que he puesto en su lugar, contiene un intemporal slogan resistente “No Pasarán”; El desastre que han producido, en los EE.UU. los ultraliberales en economía y neoconservadores en política, lo pagaremos ahora inocentemente todo los ciudadanos del mundo, me siento incapaz de superar el hecho de acostumbrarme a vivir con la nausea que me producen los esperpénticos experimentos de arquitectura financiera, consistentes en inyectar ingentes cantidades de dinero público, para rescatar del naufragio a los Adoradores del Mercado, supuestamente, enredados por el saqueo masivo llevado a cabo por Los Corsarios del Despilfarro, en una especie de estafa planetaria de la cual ellos…(TODOS ELLOS) tenían información e indicios suficientes*; asombra la celeridad con la que los Estados occidentales se aprestan a “intervenir” cuando se produce esta descomunal “Anomalía del Mercado”, eso sí, sin castigar a los responsables; llegados a este punto, la única solución posible, parece ser que consiste en la adquisición estatal de los activos contaminados que permitirá que el estallido de la burbuja financiera no conduzca al desplome de la economía real; así pues En USA, El paquete de intervención estatal en los mercados financieros, que se suponían eficientes y transparentes y que resultaron ser ineficaces y transgresores del riesgo no solo material sino también moral, se aproxima, que sepamos, a cerca de 1 billón de dólares rondando el 11% del PBI norteamericano; el costo de las intervenciones de los bancos centrales europeos en su propio sistema financiero, contagiado por las hipotecas subprime es igualmente estratosférico y siento tanta, tanta indignación... pues creo que se está dando gasolina a un pirómano y drogas a un adicto consumado. De repente, la consigna es que hay que salvar de la catástrofe al “Sistema” Pero ¿de quien hay que salvarlo? --- ¿ De la avaricia de los bancos, que esgrimían beneficios hasta ayer mismo? ¿Quizá de los Holding’s financieros con sus insaciables consejos de administración? O bien matamos al mensajero ¿acaso de quienes se endeudaron hasta las cejas para comprar una residencia que excedía sus posibilidades? y... ¿Cómo? destinando masivamente esas “partidas presupuestarias públicas” de forma precipitada e insensata para alimentar y regenerar al llamado neoliberalismo de su propia antropofagia; claro que cabe la posibilidad de que todo ese caudal de recursos se retraiga de los cada vez mas escasos programas de protección social destinados a las clases más desfavorecidas o a las más vulnerables (desempleados, niños y ancianos) además de acabar con todo vestigio de ayuda para la cooperación y el desarrollo con los países pobres; y observo asustado, como nuestros gobernantes serían capaces de comprometer hasta los fondos de las pensiones de millones de cotizantes en el intento de apagar el pánico de las Bolsas, y es que en estos días inciertos impresiona mucho su retórica, consistente en no castigar que las acciones del mercado sean decididas por forajidos, individuos sin escrúpulos y corruptos e inyectar dinero masivamente a los infractores o a un acopio de medidas inconsistentes con el fin de obtener la aprobación de personas que tienen ideas contradictorias sobre lo que debiera hacerse prolongando la agonía de los peces fuera del agua; ni siquiera, el hecho de que vivamos en una sociedad líquida y cambiante, repleta de compulsivos consumidores en la abundancia a los que hay que seguir abasteciendo para mantener los actuales niveles de dependencia en nombre de la estabilidad etc.… justificarían tal tipo de medidas, aún así, ya no es posible considerar esta crisis financiera global únicamente desde la perspectiva de cuánta gente perderá su trabajo, doy por seguro que, anulado el instinto de clase que caracterizó a nuestros antepasados seremos demasiados y dóciles. No obstante, da vergüenza el escarnio que supone en miles de millones de habitantes del planeta, para los cuales no existe tal crisis pues su principal objetivo consiste en sobrevivir luchando denodadamente contra la miseria y el hambre que los azota, día tras día… mientras observamos con el rabillo del ojo cuan distinta es la actitud de los Estados occidentales a la hora de inyectar fondos para ayudar a esos infortunados pobladores del Tercer Mundo, para, finalmente, comprobar una vez más, como este colapso económico global hará, sin duda, más ricos y más poderosos a unos pocos privilegiados, a los de siempre.
LOS HECHOS* El penúltimo eslabón de esta crisis, fué la ley Community Reinvestment Act (CRA) de 1995, una ley federal que prohibió a los bancos de EE.UU. y a las sociedades y Mutuas de ahorro otorgar préstamos hipotecarios sólo a quienes tuvieran garantía suficiente de que podrían pagar las cuotas. Esta desafortunada ley obligaba a los bancos a conceder créditos a cualquier grupo social, aún los más insolventes ofreciendo hipotecas de 2º y 3º grado sobre la misma vivienda. El riesgo de incumplimiento creció desproporcionadamente y motivó una escalada de “derivados financieros” “bonos estructurados” y otros productos que intoxicaron el sistema bancario americano y a la postre todo el occidental; cualquiera podía aspirar a más de lo que podía, muchísimos individuos se endeudaron aun cuando nunca estuvieron en condiciones de pagar sus deudas. Como consecuencia directa a finales de los ’90 en EE.UU. se comprobaba que los precios de las viviendas crecían fuertemente. Con la idea de financiar su compra a todo el mundo, se impulsó una ley permisiva la denominada Gramm-Leach-Bliley Act promulgada por el entonces Presidente Bill Clinton. Dicha ley disolvió la poca disciplina bancaria de la ley anterior y permitió que los bancos y agencias comerciales vendieran diversos “productos” pólizas de seguros, inversiones bursátiles, tarjetas de crédito y fondos de pensiones. Además generó una serie de fusiones y dio vía libre a la banca de inversión para que emitieran aluviones de derivados financieros o bonos estructurados que eran simples papeles que nada garantizaban y cuya única virtud eran los pomposos y estridentes nombres con que se los designaba. Tenían pues los pies de barro, su base era tan endeble que aumentó la fragilidad del sistema bancario americano y generó una enorme desregulación masiva en los mercados. El último ingrediente de estas desastrosas intervenciones se vincula con la garantía ofrecida a las hipotecas de empresas constructoras a partir de la Hud’s regulation of Government-Sponsored Entrerprises (GSeS) que permitía conseguir compradores de vivienda a precios irrisorios con las menores tasas del mercado. Las dos empresas de este tipo fueron justamente Fannie Mae (882,5 mil millones de dólares en hipotecas subprime) y Freddie Mac (794,3 mil millones de dólares en hipotecas basura), ambas empresas privadas garantizadas por el propio Estado Norteamericano, quien dio luz verde a títulos sin ningún respaldo serio. La Pregunta es: ¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta que esta situación era imposible de sostener? ... ¿Tal vez, por los enormes beneficios que generaba tal engaño? (la verdad es que, dan ganas de llorar pero de rabia)