UN MANGLAR DE ASTROS APAGADOS
lunes,17.11.08
CRÓNICA DEL TRÁNSITO DE SILUETAS MENSAJERAS EN LAS INMEDIACIONES DE LA FARMACIA DONNAPETRI

«Hubo un tiempo en el que gravitamos sobre los zumbidos del sobresalto»

Aún estábamos impresionados con la irrupción de la TV en nuestros hogares, atrapados por todo lo que supuso la llegada de aquel fascinante aparato, lejos del todopoderoso y pluritentacular Ageless de hoy, su presencia logró enviar al ostracismo doméstico, entre otros, al eterno y precario fortín permanentemente atacado por Apaches de plástico, pero mucho más decisivo fue el momento en que muchos de nosotros abandonamos los barrios para ocupar el único Instituto anclado en el corazón de Vetusta; llegábamos obligados a disputar la supremacía hegemónica en los patios a los clanes adolescentes*, hijos de la pequeña burguesía local, que habitaban en sus aulas. Los unos, con alardes propios de quienes tienen sacacorchos en los ojos y los otros con indoloros cultivos de vaporosa ignorancia en la cabeza, pero todos con el rostro latiendo a ráfagas de insolencia inocente; y así fue, como unos y otros salimos ganando, ellos lograron un poco de la fiereza del buen salvaje tallado en los billares del extrarradio y nosotros pulir nuestro pelaje suburbial descubriendo estéticas imposibles allá de donde veníamos; al menos conseguimos alborotar, con nuestra simpleza evanescente, la pasmosa vanidad de quienes serían los encargados de acomodar nuestras inquietudes en el pensamiento común; bendita arrogancia la que nos permitía circular, por los pasillos del Alfonso II, en sentido contrario al que nos marcaba un jefe de estudios ilustrado que quizás no merecíamos, el admirable Pedro Carabias. Pero lo mejor estaba más allá del Instituto, al no existir autobuses colegiales la mayoría de las veces no usábamos el transporte urbano, cruzar la ciudad cuatro veces al día significó descubrirla, estimulados por el afán de la curiosidad pateábamos, de forma ágil y nerviosa, sus calles céntricas sin tiempo ni dirección. Oviedo mi añorado territorio, siempre con sed de nubes y en el que los interminables aguaceros conseguían salpicarte el alma impregnándola de melancólicas sensaciones hasta convertirte en una suerte de náufrago resignado, con cara de manzana, de charco en charco, cosido por suaves y persistentes calabobos humedeciéndote hasta los gestos; Mi ciudad, la de las empinadas cuestas que finalizaban en la Catedral, imponente escenario gótico, un año más, de la asombrosa ascensión hasta la bola ¡y descalzo! del Pintor de San Lázaro una especie de hombre araña proletario e hijo de la necesidad que, en calzones y sirviéndose únicamente de sus manos y una bolsa de tiza, era capaz de estremecer la atónita mirada de los parroquianos cuando al salir de la misa se daban de bruces con lo que, en aquellos momentos, era el espectáculo más impresionante de mi geografía emocional (bueno... también recorrer aquellas sinuosas y angostas carreteras comarcales ocupando uno de los asientos del techo en los autobuses de línea)

No había nada más divertido que deambular por un crepuscular Casco Viejo, lleno de eternos caserones blasonados, pródigos de una humedad que desconchaba poco a poco sus fachadas, entre el ruido del chapoteo producido por una sinfonía de canalones vomitando agua sin cesar, subir desde El Postigo Alto por Salsipuedes, callejuela que se retuerce por sus irregulares escalones hacia La Plaza del Paraguas,lugar donde siempre flotaban en el aire partículas de leche derramada en la mañana, atajábamos por la enigmática Calle Mon que por algo transforma su nombre por el de calle Oscura, para desembocar en una silenciosa Trascorrales llena de recovecos, echando un vistazo al Gato Negro lugar con ese único e inigualable aroma a “chigre” añejo, mas adelante, todavía con olor a pescado, dejábamos a un lado la muy literaria calle Altavilla o Encimada para cruzar la Plaza Mayor y a través de la calle de Los Fierros, acabábamos refugiándonos en los soportales de la Plazuela del Fontán anidada por casas corcovadas de angostos corredores de madera, castigadas por el tiempo y con sus irregulares ventanales en busca de claridad, parecía que sus faroles, con su luz tibia, se avergonzaran del pertinaz orbayu, el mismo que teñía de melancolía la hermosa y herrumbrosa Estación del Vasco, observada por ennegrecidas fachadas en las que singulares ventanielles, jalonadas por hileras de tejas imposibles estaban repletas de flores de supervivencia, y en cuyo Pasaje se respiraba un extraño aroma, el que resultaba de la mezcla del humo de las oxidadas locomotoras de vapor y los perfumados pasteles de Camilo de Blas.
De repente, sin saber muy bien como, al principio... con cierta excitación, a través del boca a boca o como suelen suceder estas cosas, atmosféricamente, deslizándose con la naturalidad con la que se pasea un cascabel por una biblioteca; Sucedió que desatado el vendaval de las ráfagas edípicas, aquellas tras las cuales se refugian los rebeldes más atentos, los mas abiertos de orejas, algo comenzó a palpitar y, a su vez, rumores llenos de excitación extendían el nuevo latido como un reguero de pólvora e inevitablemente allí, en medio de aquel fulgor, estábamos nosotros con la mirada... ¿desafiante? al menos encendida; sin ser conscientes de ello, estábamos rompiendo el cordón umbilical identitario, despreciando el futuro que nos tenían preparado, y sin pretenderlo, provocando estupor y desconcierto entre aquellos cuya tonalidad generacional se había ahogado en la vergüenza de una desgraciada guerra fraticida de la cual ni siquiera los vencedores eran capaces de hablar, y ese fue el escenario en el que se precipitó sobre nosotros una catarata de desmesura estética y electricidad rítmica de tales dimensiones que, anegándonos, a unos en los Juke-box de los salones recreativos de la barriada y a otros en los Pick-ups familiares, golpeaba de forma tumultuosa nuestras incipientes conciencias y como diría Pynchon ¡¡Había ocurrido otras veces pero esto no había con que compararlo!! Naturalmente, no me estoy refiriendo, solamente, al Rock, sino, más bien a la Hidra de mil cabezas que, inundándolo todo lo sobrepasó, ¡¡por primera vez y por medio de aquellos sonidos podías elegir, tu espacio, tus gustos, tu ropa, tu territorio, tus lecturas, hasta tus dioses!! Y por supuesto tus enemigos. Además de diferenciarte de ellos, aturdiéndolos, sentías lo importante de la singularidad en tu aspecto y sospechabas que nadie podría parar aquello. Sin apenas darnos cuenta por la fugacidad de los acontecimientos y ya se sabe --- aquello de que los albañiles nunca van al psiquiatra --- padres trabajadores ocupados esforzándose por llevar dinero a casa sin tiempo ni ganas de enterarse del porque de todo aquel carrusel y simplemente, llegó un día en que dejamos de ver la televisión juntos. Así sucedió, y así fue como unos y otros logramos desmontar nuestras fronteras interiores destinadas a la contemplación preventiva al tiempo que desarmonizábamos por completo nuestro sistema nervioso. Tampoco éramos tantos y funcionábamos como un clan inaprensible, sin un duro en los bolsillos, no quedaba más remedio que pasar las tardes holgazaneando en el césped del Parque de San Francisco, el sitio ideal para contactar con gente cuya única anomalía consistía en el porvenir de un flequillo salvaje y aprender a tocar la guitarra detestando a la Tuna. Como aquel día en que, en un recodo cerca del Bombé (el de los interminables paseos de babeantes cortejos), alguien intentaba inventar los acordes del Jumpin’ Jack Flash de los Stones cuando apareció un tipo alto, desgarbado con un sombrero cordobés coronando una desaliñada melena, llevaba botas de cuero español, era inglés y parecía no pertenecer a este mundo; no hace mucho descubrí de quien se trataba, nada menos que, el legendario músico y productor Glyn Johns ---gracias a Salvador Domínguez en su monumental obra Bienvenido Mr. Rock; una foto lo delató, nunca olvidaría esa cara---- se hospedaba en el Hostal Pasaje y nos contó su relación con Alan Price Set, Amen Corner, The Sleeping? y otros; nunca nos lo creímos pero ¡cómo tocaba la guitarra!. Días mas tarde, en plena “Romería del Bollu”, Coca y yo tomábamos unas gotas de LSD en terrones de azúcar al lado del Monumento a Clarín, para acabar zambulléndonos semidesnudos en la fuente que coronaba el Paseo de los Curas, lo cual nos acarreó una portada en La Nueva España. Asimismo, fue el momento en que un tipo de la Colonia Ceano, llamado Cabañas se atrevió a cortarse el pelo “al estilo Cherokee” por una “Leche de Pantera” en el Cecchini de Uría, asunto este que acabó causándole bastantes problemas, sobre todo en cuanto se alejaba de su entorno.
Mientras la incipiente conspiración contra el siniestro friso de la fusta gobernante concentraba, en voz baja, sus primeras huestes entre el Sport y la Calle Cimadevilla, al otro lado de la cuerda, desde “La Jirafa” a “San Juan” el Pijerío Pop transitaba del croissant de “La Mallorquina” al vermouth de barrica del “Pelayo” antes de recalar en “Macky” organizándose en festivas matinées de charol y plexiglás; Algunos sábados en "Casa Manolo" entre efluvios de sidra y virutas de “serrín”, se organizaban veladas con ardorosas peleas de gallos para las apuestas, un poco más abajo y abierto hasta el amanecer el “Café Suizo” anunciaba en su desvencijado cartelón las virtudes pectorales de una sempiterna Rosita España acompañada al piano por un tipo que había logrado sustituir la partitura por una novela del Oeste ¡¡que leía mientras tocaba!! para regocijo de crápulas noctámbulos y buscavidas insomnes; un astral Manolo Díaz paseaba una bohemia figura, de negro, desde Cecchini Antiguo a la Corrala del Obispo, Julio Ramos bordaba una entusiasta versión de “San Francisco” en un improbable festival Pop en las Ursulinas, los ingleses The End y Dave Da Costa actuaban en el elitista Canary (Foncalada), entre jaulas con Go-Gos minifalderas contoneándose, y los bigotes del Sargento Peppers de nuestros hermanos mayores; los belgas Jess & James en La Herradura de teloneros de Los Canarios y, más allá, a 28 Kms. Henry & The Seven y los Pop Tops inundaban de Soul la temporada de actuaciones en El Jardín, ¡¡sííí, sí en el Xixón de Paradiso!!!. Pero, mientras todo esto sucedía, la verdadera Caver’n de todo aquel cañaveral resultó ser La Escuela de Comercio, sus interminables guateques, las noches de los viernes---recaudatorios para el paso del Ecuador y otras lindezas---se celebraban en un destartalado sótano del edificio; llegando a ser tan imprevisibles --- por la cantidad de alcohol de garrafón que se consumía y porque los grupos, dado su escaso repertorio eran capaces de tocar, una y otra vez, hasta la extenuación, así fue como consiguieron hacer de aquellas sesiones el verdadero punto neurálgico del vértigo en la ciudad. Naturalmente, la dirección académica no lo pudo soportar; pero mientras aquello duró, por allí desfilaron casi todos los conjuntos** que hacían “música ye-yé” resultando ser el alimento rabioso de toda aquella maraña de formaciones; como era de esperar la escena Beat se agitaba, casi diariamente, entre un marasmo de intercambios y disoluciones (el amateurismo del asunto, los egos, las primeras grupis y la mili); Además solo algunos más instalados (con locales de ensayo propios), como Los Junior’s, Los Lider’s y los Archiduques, por su versatilidad o falta de escrúpulos, tenían derecho al pastel de las innumerables fiestas patronales en los barrios y las romerías de pueblos cercanos; acompañando a toda una pléyade de orquestas que en algunos casos eran la cantera de músicos beat y/o su cementerio como melodistas; alguno de esos combos, por ejemplo, los Sycora Boys eran realmente buenos en lo suyo, pasaban con toda naturalidad del Pasodoble al Pop más bailón, aún recuerdo la explanada de cenizas de Teatinos cubierta de un axfisiante polvo negro, resultado del acompasado aleteo de un continuado movimiento circular alrededor del precario quiosco-escenario, producido por una variopinta ameba humana contagiada y bailando sin parar a consecuencia del brío rímico impuesto por aquellos profesionales.

Pero la mayor leyenda Beat de la ciudad la constituyen, todavía hoy, Los Bucaneros provenían de Tocote “tocote conejera” la zona más periférica de un barrio obrero como era Pumarín y estaban impulsados por Kilo (Kilón según sus biógrafos) un fascinante gigantón tan salvaje como imprevisible y con un bagaje de improbables hazañas a cuál más edificante; solo ellos saben donde llegaron a tocar, las versiones que circulan califican su(s) actuación(es) de acontecimiento inolvidable, con épica batalla final incluida, la sitúan como algo similar a la irrupción de Los Ramones una década después; lo lamentable es que no existe documento sonoro alguno. No hace falta decir que mataría por una grabación de aquellos insensatos, aún recuerdo que se paseaban como príncipes por las aceras del provinciano mapa de la indolencia, y una pálida e inalcanzable rubia que los acompañaba, era la tentación más... sexy que uno podía imaginar. Ah! Se me olvidaba, también fue el tiempo en que Toño (Toñín...) bautizó a su perro “Troski”; años más tarde, el animal atendía por “Heroin”

---------------------------------------------------------------------------------------

* Los Cecchini, Los Botas, Los Azcona, Los Migoya, Los Orejas, Los R. Inciarte, Los Meana, Los Camblor, Los Caicoya, Los Ocaña... etc



** Los Galgos, Los Enigmáticos, Los Espectros, Los Jaguar’s... etc


Otra leyenda casi urbana. – ¿Que hay de cierto? en aquél episodio según el cual el “Grillu”, intentó zurrarle la badana a un guaje con cara de conejo, familia de los dueños de Blanco y Negro, que se llamaba Chemari o José Mari cerca del local de la OJE
 
posted by Lanzarote
Permalink ¤ 1 comments

Merodeadores al Acecho...