UN MANGLAR DE ASTROS APAGADOS
miércoles,24.9.08


----------------------Una vez dormido, seguí leyendo...--------------------
====(Del Enigma Dah/i-loh/u-tye a las Variaciones May-tay)====

No sé cuanto tiempo hace que me observan, desde que yo los puse ahí enfrente, al otro lado en mi biblioteca, en el estante de la Boca del Lobo, el de los libros del desasosiego, esos con los que yo sobrepasé los límites, mejor dicho, aquellos cuyas palabras “arden y arden sin parar como fabulosas y prosaicas velas amarillas que explotan como arañas a través de las estrellas”. Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, frases, pasajes, situaciones, diálogos o poemas pero hay cosas que no podemos memorizar el deseo, el dolor, el miedo, la ira, la compasión y el placer; pues bien creo que con el tiempo esa especie de arrebato instalado en lo más recóndito de nuestra memoria se ha convertido en su guardián; Vigila lo irremplazable. A veces, envidio la habilidad de describir con asombrosa agudeza y economía de palabras, lugares, hechos y personas imborrables; otras la fermentación de un relato donde la melancolía de la tristeza o los resplandores de la felicidad que emanan del texto son tan bellos que dan ganas de gritar ¡¡Ay-ay/lee-kooooo!! Y... siempre tengo la misma impresión, la que me hace sentirme una especie de aproximación fantasmal, extraviado en el firmamento de los estantes que atraviesan los portentosos aerolitos de semilla pronunciada. Y me digo si habré caído bajo la dominación de los objetos, víctima de un inventario de enigmas, con las cejas borrachas de soplos repletos de misterio, rumbo a ese lugar del nadie regresa del todo, ese mundo en el cual destellos de eternidad asoman en cada página, historias rebosantes de temblor emocionante, mientras rastros de melancolía interrumpen los silenciosos paseos del alma como diletantes sueños de color ceniza, arrebatando el espíritu de la incertidumbre a la locura, allá donde habitan las palabras cautivas en las sombras de nubes paganas, cubiertas por polvo de cisne.
¿Invectiva, a favor de la fábula o feria de las dolientes costumbres? He aquí dos bellos ejemplos, de lo que trata el párrafo anterior.

Norwegian Wood (1987) inexplicablemente traducida al castellano como Tokio Blues
"Al caer la noche, la residencia estaba tan silenciosa que hacía pensar en unas ruinas. La bandera había sido arriada de su mástil, las ventanas del comedor estaban iluminadas. Al quedar pocos estudiantes, encendían la mitad de las luces. El ala derecha permanecía a oscuras. Con todo, un ligero olor a comida subía desde el comedor. Un olor a estofado.
Tomé el bote con la luciérnaga y fui a la azotea. Estaba desierta. Una camisa blanca tendida en una cuerda, que alguien había olvidado recoger, se mecía con la brisa nocturna como si fuera la piel de un animal. Trepé por la escalera metálica hasta lo alto de la torre del agua. El tanque cilíndrico aún estaba caliente tras haber absorbido durante todo el día el calor de los rayos del sol. Me senté en aquel espacio reducido y me apoyé en la barandilla. Una luna blanca casi llena flotaba en el cielo. A mi derecha se veían las luces de Shinjuku; a mi izquierda, las de Ikebukuro. Los faros de los coches formaban un río de luz que discurría entre las calles. Un zumbido sordo, mezcla de varios sonidos, flotaba en una nube sobre la ciudad.
Dentro del bote, la luciérnaga brillaba con luz mortecina. La luz era demasiado débil; el tono, demasiado pálido. Hacía mucho tiempo que no había visto una luciérnaga, pero creía recordar que éstas despedían una luz mucho más nítida y brillante en la oscuridad de las noches de verano. Tenía grabada en mi memoria la imagen de un bicho que desprendía una luz llameante.
Quizás aquélla estuviese débil, medio muerta. Agarré el bote y lo sacudí con cuidado varias veces. La luciérnaga se golpeó contra la pared de cristal y levantó el vuelo. Pero su luz continuó siendo tan mortecina como antes.
Intenté recordar cuándo había visto una luciérnaga por última vez. ¿Dónde había sido? Logré recordar la escena. Pero no el lugar ni el momento. En la oscuridad de la noche se oía el ruido del agua. Había una esclusa de ladrillo, de modelo antiguo, que se abría y cerraba al girar una manivela. El río no era una corriente tan pequeña como para que las hierbas de la orilla pudieran ocultar casi por completo la superficie del agua. Los alrededores estaban sumidos en la penumbra. Una oscuridad tan profunda que, tras apagar la linterna de bolsillo, no me veía los pies siquiera. Y sobre el estanque de la esclusa volaban cientos de luciérnagas. Los destellos de luz se reflejaban en la superficie del agua como chispas ardientes. Cerré los ojos y me sumergí un momento en el recuerdo. Oía el viento con una claridad meridiana. Aunque no soplaba con fuerza, en mi cuerpo dejaba a su paso un rastro extrañamente brillante. Abrí los ojos y comprobé que esa noche de verano era, si cabe, más oscura.
Destapé el bote, saqué la luciérnaga y la deposité en un reborde que sobresalía unos tres centímetros del depósito. La luciérnaga se sostenía a duras penas en su nuevo hábitat. Dio una vuelta alrededor del perno tambaleándose y se subió a unos desconchones de la pintura que parecían costras. De pronto avanzó hacia la derecha, se dio cuenta de que aquello era un callejón sin salida y viró de nuevo hacia la izquierda. Después se encaramó muy despacio a la cabeza del perno y se acurrucó. Permaneció inmóvil, como si hubiese exhalado el último suspiro.
Yo la observaba apoyado en la barandilla. Durante mucho rato, ni la luciérnaga ni yo hicimos el menor movimiento. El viento soplaba a nuestro alrededor. Las incontables hojas del olmo susurraban en la oscuridad.
Esperé una eternidad.
Fue mucho después cuando la luciérnaga levantó el vuelo. Desplegó las alas como si se le hubiese ocurrido de repente. Un instante más tarde, cruzaba la barandilla y se sumergía en la envolvente oscuridad. Describió, ágil, un arco en torno al depósito, tal vez intentando recuperar el tiempo perdido. Y tras permanecer unos segundos inmóvil observando cómo la línea de luz se extendía en el viento, voló hacia el sur.
Aún después de que la luciérnaga hubiera desaparecido, el rastro de su luz permaneció largo tiempo en mi interior. Aquella pequeña llama, semejante a un alma que hubiese perdido su destino, siguió errando eternamente en la oscuridad de mis ojos cerrados. Alargué la mano repetidas veces hacia esa oscuridad. Pero no pude tocarla. La tenue luz quedaba más allá de las yemas de mis dedos.”

Prosas Apátridas (1975)
“El policía del metro: bella frente, mirada noble, nariz perfilada, expresión de sensibilidad e inteligencia, que me hicieron preguntarme que hacía ese artista en potencia cubierto con ese desprestigiado uniforme. De pronto un compañero se acerca y le dice algo al oído. El policía empieza a reir, los ojos se le desorbitan, su nariz se achata, sus maxilares comienzan a desquiciarse, su perfecta dentadura asoma ferozmente, todos los tendones y nervios de su cuello vibran, sus músculos faciales se agarrotan y de sus fauces brota un rugido atroz, inhumano, como el de un jabalí acosado o un toro atravesado por el estoque. Su risa lo delata”
Si, definitivamente, Murakami y Ribeyro, entre otros, nunca han dejado de observarme y eso me ha convertido en un devorador caudaloso y entusiasta de memorias vagabundas.
 
posted by Lanzarote
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