“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el Hielo... ”
“La ira de un gato, ardiendo con puro fuego felino, es hermosa: todo su pelo erizado y soltando chispas azules, ojos candentes”
Sucedió durante la lectura de “The cat inside” de William S. Burroughs, observé un instante aquel espejo. Allí, como siempre, estaba yo confiando en que mis ademanes eran suficientes para atravesarlo. Y allí al otro lado, entre sombras del corazón, turbado y ante un impenitente deseo de encontrar algo de mi mismo, me dí de bruces con una telaraña en donde late a fondo la esencia de la voluntad y se exhibe un misterioso esfuerzo para rebelarse contra la historia de un fracaso o regodearse en una victoria según el tamaño del ego logre o no romper el cerco de esa entrópica obsesión por los destellos de identidad. A veces, muy pocas, todo se precipita va unos pasos más allá y nos muestra también algo sobre la ínfima porción del disfraz contra el que arremeter una y otra vez; finalmente, cansado, todo se apaga y con una sonrisa forzada, camino a refugiarme hacia un incierto universo donde apenas una racha de viento es capaz de convertir el vendaval en un sendero de perturbadoras fantasías, repletas de lágrimas de cristal, impregnando un alma otoñal ardiendo entre llamas procedentes del enigma de las máscaras, allí donde las señales de humo se rompen como el silbido roto de los abrazos infelices, allí donde la zoología fantástica se desnuda entre los presagios que sobreviven en el graso papel de la consciencia-- extraviándose en los vericuetos más allá de la respiración entrecortada, enredándose al borde de decadentes espíritus de supervivencia-- Soy capaz de soñar con las mismas nubes de polvo, de despedazar las mismas virutas, esas que salen despedidas hacia la aventura por senderos plagados de inocencia, donde el paisaje, el reflejo, la sombra, son grietas por donde asoman palabras como belleza, locura, insolencia, muerte... y sin embargo nada es capaz de apagar la sencilla vela del azaroso encuentro con tu propia existencia. ---------------------------------------------------------------------------------------- LOS MAGNETISMOS TÓXICOS DEL FELINO BURROUGHS
En silencio, paso a paso, William S. Burroughs se hizo cada vez más visionario, más inaccesible y solitario, más felino. Esta metamorfosis interna lo llevó a escribir, rebuscando entre sus propios textos, muchos de ellos estrictamente personales, una explicación al proceso: «En los últimos años me he convertido en un devoto amante de los gatos, y ahora la criatura resulta claramente reconocible como un espíritu de gato, un Conocido. Cierto es que tiene parte de gato, y también de otros animales: zorros voladores, gálagos, colugos filipinos de enormes ojos amarillos que viven en los árboles y son inútiles en tierra, lémures con colas anulares y lémures ratón, martas, mapaches, visones, nutrias y zorros arena.» El resultado fue el libro The cat inside, cuya primera edición se remonta a 1986. Este título fue publicado en castellano, en el mercado latinoamericano, con el título de El gato por dentro, Ediciones Diana, traducido por José Férez Kuri; no hace mucho, en el año 2007, se editó En España como: Gato Encerrado por El Aleph. «Soy el gato que camina solo. Y para mí todos los supermercados son lo mismo. El gato no ofrece servicios. El gato se ofrece a sí mismo. Por supuesto que quiere cuidado y refugio. No se compra al amor por nada. Como todas las criaturas puras, los gatos son prácticos (…) La ira de un gato, ardiendo con puro fuego felino, es hermosa: todo su pelo erizado y soltando chispas azules, ojos candentes y rasgantes. Pero el gruñido de un perro es feo, un gruñido de chusma ignorante preparada para el linchamiento, gruñido de racistas rabiosos... Gruñido de alguien con pegatinas con la leyenda "Mata a un marica en nombre de Cristo" en su coche, gruñido cargado de autoritarismo domesticado y frustración. Cuando ves esas fauces estás viendo algo que no tiene cara propia. La ira del perro no es suya. Está dictada por su amo. Y, ya se sabe, que la ira de la chusma rabiosa esta siempre dictada por condicionantes sociales erróneas (…)» Algunos años atrás, el Yonki William S. Burroughs había escrito y declarado a todo aquél que quisiera leerle y escucharle “El Lenguaje es un virus del espacio exterior” Ocho palabras que valen por un sinfín de libros. Ocho palabras que podrían explicar millones de años de evolución. Ocho palabras como ocho chutes de Brown Sugar inyectados consecutivamente... y lo explicaba así (?): “el lenguaje es un virus porque no ha sido creado por el hombre, sino que lo ha invadido y vive en él como un parásito; y es un virus -y no una bacteria u otro organismo- porque es algo no viviente que, al introducirse en un ser vivo, usurpa las características de la vida: puede reproducir sus cadenas informativas dentro del organismo y luego infectar a otros (el libro-perro rabioso); puede incluso matar (y quién duda de que el lenguaje mata: después de todo qué es lo que lleva al cuerdo a volverse loco y a ambos al suicidio sino una serie de frases que giran interminablemente en la cabeza y no lo dejan vivir)”. Asombroso. Lo que cabe destacar es que no se trata de una metáfora, ni mucho menos de una comparación: es una verdad literal. Burroughs no dice que el lenguaje “es como” un virus: sino que defiende que el lenguaje es un virus altamente especializado, porque no sólo no es humano: ni siquiera es terrestre!, siguiendo con tan inquietante argumentación Burroughs iba todavía más allá y llegaba a afirmar que él veía al Hombre como una enfermedad evolucionada proveniente del espacio exterior. ¿Han visto alguna vez la caótica expansión de un virus a través de un microscopio? ¿Han visto alguna vez las filmaciones aéreas de una bomba atómica impactando una ciudad?... En uno de los textos de The Soft Machine , presenta el momento en que el virus infecta a una tribu de monos y mata a la mayoría: los que sobreviven -por una conformación especial de sus órganos vocales- son capaces de vivir en simbiosis con el invasor y empiezan a hablar.