“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el Hielo... ”
El Darro, respetuoso, se convierte en Hilo de seda cuando vislumbra el Paseo de los Tristes, un poco más allá, bajo la mirada de La Alhambra, se transforma en el destino de un poema, serpenteando por la umbría que merodea lo que queda del arco del Puente del Cadí, es ahí donde el río inicia un suave y sinuoso contoneo, adornado de sonoros meandros insinuándose hipnóticamente a todo aquél que sea capaz de sacar a pasear su alma y quedarse imbuido en un mundo encantado entre algún que otro maullido, musgo, ruido de lágrimas y zaguanes; agua de la Sierra de Huetor desplegando sus encantos, como las bellas palabras, con frescura y descaro deslizándose por una hermosa acera que lleva su nombre y flanqueada por casas simulando bellos relieves, impregnadas de melancolía en su arquitectura, hasta desaparecer en una bóveda imposible que le hará confluir con aquél con el que se funde, el Genil.